ETA o la libertad impuesta por las armas

Es primavera como en cualquier otro año. El sol baña con su luz la colina de la que emerge una figura blanca; el monasterio de Belloch en Urt. Un lugar de “acogida” donde se respira paz y recogimiento. Como cualquier otro día de los monjes benedictinos se comienza la rutina con una oración a las 5:30 de la mañana mientras el mundo aun duerme. Fuera del monasterio la suave brisa acaricia la copa de los árboles que rodean el remanso de paz y los monjes labran con esmero su tierra mientras otros se encargan de cuidar el jardín.

Estamos en la primavera de 1962 y un grupo de jóvenes vascos se reúnen en el monasterio de Belloch para asentar las bases de lo que será su ideario político, entre los que se encuentran Julen Madariaga, José Luis Álvarez Emparantza alias “Txillardegi”, Txabi Etxebarrieta o José Antonio Etxebarrieta. Estos dos últimos hermanos.

Cuando tiene lugar esa reunión han pasado 23 años desde el comienzo de la dictadura franquista tras el final de la Guerra  Civil en 1939. Muchos políticos nacionalistas vascos están cansados de luchar viendo frustrada su esperanza de que la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), sobre todo por parte de un país con una tradición democrática sólida como es Estados Unidos, llevaría consigo el final de una tiranía ominosa donde no había libertad. Son unos años difíciles para los exiliados quienes han sufrido, además, la incautación de su sede principal en París durante el 1951 sito en la “Avenue Marceau”. Un duro golpe para el que fuera líder del Partido Nacionalista Vasco hasta su muerte en 1960, José Antonio Aguirre.

Y sólo ha pasado una década desde que un grupo de jóvenes estudiantes movidos por el entusiasmo de “refundar” una nación, Euskal Herria, decidieran compaginar sus estudios académicos con otros encaminados a otras tareas como “resucitar” el euskera, entre ellos “Txillardegi”. Estos jóvenes fueron influenciados sobre todo por dos figuras clave: Oteiza y Krutwig. Este último escribiría una obra de referencia titulada Vasconia, donde hablaría del sucesor de Aguirre, Leizaola, como alguien que merecía ser fusilado de rodillas y por la espalda por, se supone, haber cometido el delito de no enseñar euskera a sus hijos. Tras el final de la II República por su derrota ante los nacionales, en la clandestinidad y con semejante clima llegaba una década conflictiva para la familia nacionalista.

En aquella reunión que tuvo lugar en la primavera de 1962 quienes estuvieron se movieron por su entusiasmo de crear una nueva “nación” y su odio a la España franquista, lo que les llevaría a establecer las bases ideológicas sobre las que se asentaría una organización creada tres años antes; Euskadi Ta Askatasuna (ETA). Un ideario que recogía la herencia que un día dejó Sabino Arana, político considerado como el padre del nacionalismo vasco. Las ganas de los jóvenes por transformar el país y su alejamiento de los líderes nacionalistas vascos mayores, pues había un desfase generacional motivado por los 25 años en los que el nacionalismo vasco había sido anulado por el régimen franquista, hizo que se radicalizaran aun más. Su odio e impotencia frente al aparato opresor de la España de Franco hizo que asumieran como propio el ideario de los países entonces colonizados por las grandes potencias europeas en el Tercer Mundo.

Aquella ola de libertad que inundó de esperanza todos los rincones del mundo les sirvió como una justificación de sus ideas que les permitiría alcanzar sus tan soñados objetivos. Pudieron, de esta forma, relacionar la opresión que vivían países lejanos y distintos a la realidad vasca con la idea de Sabino Arana de que España era un país invasor del País Vasco, y este último, una colonia maltratada, por lo que había que expulsar a España por la fuerza de las armas.

La represión política durante el franquismo fue una poderosísima arma de propaganda para que muchas personas, algunas arrepentidas hoy, se unieran a su “causa”. Hoy, más de 40 años después aquellas armas que un grupo de jóvenes empuñaron un día para liberar a su pueblo de la tiranía de un dictador se han convertido en el yugo que mantiene atenazada a la sociedad vasca por otra dictadura: la del terrorismo. Y hoy, como entonces, la rabia como la impotencia paraliza a las víctimas por el dolor causado por el tirano.

Anuncios

Acerca de luiscasas

Licenciado en Periodismo y Técnico Superior en Secretariado, me interesan temas de cultura general y actualidad
Esta entrada fue publicada en España, Historia, Política, Sociedad, Terrorismo y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s